20/2/09

Gualeguaychú

Al porche.

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Despertó. Buscó los segundos necesarios para recordar donde estaba y cómo había llegado allí. Sintió la pegajosa capa de sudor que le impedía respirar a su frente. La liberó de agobio con una de sus manos. El sol lo devoraba todo en el interior de la carpa, donde la humedad era la autoridad reinante. Afuera, se escuchaba un tema del Grupo Sombras. “Mierda, al final salía por la otra punta”, pensó. Buscó acomodar su cuerpo de forma que la situación le dejara volver a poner su mente en blanco; nada más difícil.
Sintiéndose ligeramente vencido, se incorporó a tientas buscando lo elemental: cepillo, pasta, mate, yerba, bombillo… haciendo una mezcla entre equilibrio corporal y malabares con las cosas que habían entre su cuerpo y sus brazos, practicó una salida heterodoxa de su hábitat. Trastabilló, pero de alguna forma logró no caerse. De todas formas, afuera sólo había un fox terrier a la vista, que lo estaba observando. En ese momento, su estómago y su garganta rogaron por un poco de cariño: su resaca recién comenzaba.

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- ¿Qué te sirvo, amigo?
- Dame un vodka tonic - el barman preparó el trago. Sacó los billetes que aún quedaban en su bolsillo: uno de 50, uno de 10 y cuatro de 2. Guardó el primero.
- Son 10 pesos.
- Tomá… ¿me hacés otro más por 8?
- Y… Sale 10 cada uno.
- Por eso… ¿me hacés otro más por 8? No me queda más.
- Esta bien.
Se acercó con ambos tragos a una mesa cercana. Era apenas la 1 y media, pero el sábado a la noche se sentía en su cuerpo y fluía por su mente.
- Vos tenés cara de… Anabela.
- Emmm, no… no.
- Entonces vos – señaló a la mujer que acompañaba a la primera. ¿De casualidad te llamas… Camila?
Las dos muchachas se encontraron con cejas extrañadas y gesto estúpido de boca entreabierta. El muchacho se alejó de allí sin mediar palabra más, con las bebidas dentro de sus manos, en el mismo estado en el que habían llegado. Bebió un trago de cada uno de los vasos de plástico y observó a lo ancho del lugar. Encontró una mirada. Se acercó a ella.
- ¿Cuánto por esa pulsera?
- ¿Qué? - la chica esbozó una leve sonrisa.
- Si, por esa pulserita jipi de colores que tenés ahí…
- No, pero… no la quiero vender, me gusta.
- Es que mañana temprano vuelvo a Buenos Aires, y me olvidé de comprarle un regalo a mi vieja. Así que… ¿Cuánto por la pulsera? - Le dio uno de los tragos. Ella lo aceptó y le replicó con un “no, no te la puedo vender”. Bebieron un sorbo. El alzó la mirada.
- ¿Fuiste al carnaval?
- No, ¿vos?
- Si, lo vi desde afuera, un poco lejos.
- ¿Y qué onda?
- Habían unos carros alegóricos bastante turbios, y se veía a gente muy bronceada y brillante bailando con plumas arriba de ellos. No se si comprendí muy bien el espíritu de la celebración. Además, salía como 40 pesos la entrada.
Ambos terminaron sus tragos y se miraron.

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Tomó tres tragos largos del agua helada. Su ser los absorbió con satisfacción, pero con cautela de no sobrecargarse. Acto seguido, hizo uso de su capacidad de abstracción por un momento: se veía como un zombie de ojeras largas y ojos exhaustos en medio de una escena dominada por varios niños que estaban jugando, mientras sonaban distintos temas en las carpas aledañas. Se sintió invadido por un enjunge musical donde se entrecruzaban La Nueva Luna y Daddy Yankee. Más aún, se horrorizó al percatarse de que estaba en ropa interior en medio de la muchedumbre. Se puso unos pantalones cortos y echó su bolsa de dormir sobre el pasto que lindaba a la superficie ocupada por su carpa. Encendió su mp3, se calzó los auriculares y eligió The Dark Side Of the Moon. Puso el agua para el mate, se le pasó. Esperó a que se enfriara, y buscó una mínima sombra para recostarse mientras lo hacía. La yerba no saldría de su envase.

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- Cambio de 50, por favor.
Recibió una única ficha a cambio de su billete, de idéntico valor. A su alrededor, la muchedumbre que rodeaba las 3 mesas de ruleta se comportaba de forma peculiar: los que observaban, estudiaban atentos la sucesión de números que se presentaba en cada mesa. Algunos de ellos fumaban importantes caladas y ponían la mirada fija en las apuestas realizadas, intentando descubrir un sector de la mesa escaso en fichas. Los que jugaban, ponían sus apuestas de a poco, hasta que el crupier echaba la bolita. Era entre ese instante y el momento del “no va más” cuando se realizaban las apuestas de mayor valor. Llegó a divisar a dos o tres hombres que deambulaban por toda la zona, y lo único que hacían era fichar a los jugadores, sus gestos, sus emociones y sus movimientos.
Penetrando en la tensión de la mesa izquierda, se acercó al crupier.
- 5 fichas de 10, por favor – las recibió. Colocó una de ellas en la chance al rojo. “Se la juego a Marx”, pensó. Una vez echada la bolita, el crupier señaló su apuesta.
- ¿Quién jugó esta ficha?
- Yo - contestó.
- La apuesta mínima a un color es de 50, ¡No va más!
Retiró la apuesta y se la devolvió. El muchacho cambió nuevamente sus fichas por una única de 50. Salió el 0. Una vez repartidas las ganancias y pérdidas correspondientes, repitió el ejercicio: 50 pesos al rojo.
- ¡No va más!
Cerró los ojos al ver que la bolilla comenzaba a perder impulso. Esperó el inconfundible sonido de su dubitativa caída.
- ¡Rojo el 24!
Sonrió con los ojos aún cerrados.
Cambió sus dos fichas por un billete de 100 en la caja central. Salió a la calle y descendió hacia la juventud en el alcohol de la madrugada playera.

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Los sonidos comenzaron a tomar un sentido perceptible. Tomó conciencia de los puntos de contacto entre su cuerpo físico y la superficie del suelo. Empezó a mover y estirar muy lentamente los dedos de los pies; luego, las piernas y rodillas. Despertó. Su estómago ya se sentía prácticamente bien, pero ahora su frente y sus hombros habían tomado una temperatura desmedida y presentaban renuencia al tacto: la sombra donde él se había recostado estaba ahora recostada a 5 metros de su posición. El mp3 hacía rato que había callado. Se incorporó y puso nuevamente el agua para el mate, sacó unas galletitas dulces de su mochila de mano. Comió. Tomó dos o tres cebadas de mate bastante rápido. Pronto tendría que ir a orinar, pero la idea misma lo alentó a recostarse sobre la bolsa, nuevamente debajo de la migrada sombra. Encendió una colilla de porro. El mp3 ya no tenía batería, pero en su mente resonaron las estrofas de “Tomorrow Never Knows”. Exhaló y rindió su cuerpo mientras ante sus ojos se posaba la imagen de las diminutas olas del río yendo y viniendo contra la orilla.

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Sacó la mano del bolsillo trasero de su pantalón. Sólo quedaba un billete de 5. La chica de la barra ya tenía el trago preparado para el joven que estaba delante suyo en la cola, pero éste se encontraba inmerso en una suerte de trance hipnótico, obnubilado por las figuras de dos muchachitas de 16 ó 17 que bailaban animada y casi provocativamente a un costado suyo.
- ¡Che! Acá esta tu speed con vodka.
El muchacho no se percató del llamado. Seguía absorto y con la mirada enfocada en su deseo. Fue tomado en el hombro por el muchacho que estaba detrás de él.
- Che, ¿por qué no vas a decirle algo a las chicas? Algo sucio…
- ¿Qué?
- Digo… están buenas las guachinas, ¿no?
- Si, pero… - se tomó un segundo para volver al mundo real. Yo tenía que…
- Me parece que te llaman atrás…
- Pagó por su speed con vodka y se alejó unos 20 metros del lugar, donde la muchedumbre se hacía más espesa. Todos los que estaban detrás suyo en la fila avanzaron un lugar.
- ¿Qué te sirvo?
- ¿Qué me das por 5 pesos?
- Una lata de cerveza o una medida de bebida blanca.
- Dame el tequila más barato que tengas… y que sea lo más doble que se pueda.
La muchacha sonrió, dio la vuelta y fue a por la botella. Él metió la mano en los bolsillos delanteros del pantalón y puso todas las monedas que encontró dentro del frasco de propinas. Le sirvieron su trago en dos medidas. Pagó. Sal. Uno. Dos. Limón. Exhaló con fuerza y percibió la asombrosa liviandad de su cuerpo. Sonrió a todo aquel que cruzó la mirada con la suya durante poco menos de un minuto. El amanecer comenzaba a despuntar detrás del río, pero la playa parecía estar igualmente llena de gente que lo que estaba dos horas atrás. Fue en dirección a las adolescentes que seguían bailando sensualmente.
- ¿Qué están tomando, chicas? - ambas tenían las manos vacías.
- Nada.
- ¿Nos invitas una birra?
- Mmm… no se… ustedes dos tienen cara de aprovecharse de todo aquel que se acerque a hablarles…
- ¿Y para qué te acercaste?
- Porque esta noche quiero que se aprovechen de mi - las chicas rieron tímidamente. Él sonrió.
- Bueno, comprate una birra y vemos qué onda.
- Me encantaría, realmente, pero se me acabó la plata. ¿Se invitan una ustedes?
Las muchachas dudaron por un momento y cruzaron miradas.
- Es que ya tomamos bastante y estábamos por irnos…
- Daaale, ¿no pinta una birra más?
- Romi, ahí están las chicas - le dijo una a la otra.
- Uy, ¡por fin! Un gusto, eeh… - intentó recordar el nombre que nunca le habían dicho.
- Chau, chicas - saludó a ambas con un beso.
Barajó por un instante sus distintas opciones. Ninguna de ellas lo alentó demasiado. Hizo un último paneo de sus alrededores y finalmente, comenzó a caminar alejándose de la playa por la ruta en dirección al camping municipal. Durante el trayecto, pensó que la razón por la cual no volvía acompañado residía en la sobriedad ajena, o que por lo menos ese factor pesaba mucho más que cualquier otro en cuestión. “Sí, es la explicación más convincente”, pensó. Llegó a destino.
El sol seguía ascendiendo en la despejadísima mañana dominical. Entró en la carpa y se sacó la ropa hasta quedar en calzones. Se metió en la bolsa de dormir y acomodó su cuerpo lo más que pudo. “Sobriedad ajena”, murmuró. Se rió con ganas y gustoso del absurdo de su propia idea. Inhaló. Exhaló. Se rindió.

2 comentarios:

Cerno dijo...

JAJJ!!... que buena moraleja...

Groso...

viva la patria Bukowskiana...

anivlis dijo...

que buenooo
esto me contaste ahi tirado en el pasto lleno de hormigas picandote el pie y fastidiandome a mi?
esto era??
esta genial!!
ailoviu estupido zorro!!!
em...aguante el mata burro!